El hombre que llamaba a Teresa, Ítalo Calvino

El hombre que llamaba a Teresa hace parte del libro Números en la oscuridad, del escritor cubano italiano Italo Calvino. Versión en español e inglés abajo

El hombre que llamaba a Teresa, por Ítalo Calvino
El autor italiano Italo Calvino (1923-1985) fotografiado en Oslo, Noruega el 7 de abril de 1961 por Johan Brun, fotógrafo afiliado al diario noruego «Dagbladet».

Bajé de la acera, di unos pasos hacia atrás mirando para arriba y, al llegar a la mitad de la calzada, me llevé las manos a la boca, como en forma de megáfono, y grité hacia los últimos pisos del edificio:

– ¡Teresa!

Mi sombra se espantó de la luna y se acurrucó entre mis pies.

Pasó alguien cerca. Yo llamé otra vez:- ¡Teresa!

El hombre se acercó, dijo: -Si no grita más fuerte no le oirá. Probemos los dos. Cuento hasta tres, a la de tres atacamos juntos. –Y dijo-: Uno, dos, tres. –Y juntos gritamos-: ¡Tereeesaaa!

Pasó un grupo de amigos que volvían del teatro o del café, y nos vieron llamando. Dijeron:

-Vamos, también nosotros ayudamos.

Y también ellos se pararon en mitad de la calle y el de antes decía uno, dos, tres y entonces todos en coro gritábamos:

– ¡Tereeesaaa!

Pasó alguien más y se nos unió, al cabo de un rato nos habíamos reunido unos cuantos, casi unos veinte. Y de vez en cuando llegaba alguien nuevo.

Ponernos de acuerdo para gritar bien, todos juntos, no fue fácil. Había siempre alguien que empezaba antes del tres o que tardaba demasiado, pero al final conseguimos algo bien hecho. Convinimos en que “Te” debía decirse bajo y largo, “re” agudo y largo, “sa” bajo y breve. Salía muy bien. Y de vez en cuando alguna discusión porque alguien desentonaba.

Ya empezábamos a estar bien coordinados cuando uno que, a juzgar por la voz, debía tener la cara llena de pecas, preguntó:

-Pero ¿está seguro de que está en casa?

-Yo no –respondí.

-Mal asunto -dijo otro-. ¿Se ha olvidado la llave, ¿verdad?

-No es ese el caso –dije-, la llave la tengo.

-Entonces –me preguntaron- ¿por qué no sube?

-Pero si yo no vivo aquí –contesté-. Vivo al otro lado de la ciudad.

-Entonces, disculpe la curiosidad –dijo arrugando el ceño el de la voz llena de pecas- ¿quién vive aquí?

-No sabría decirle –dije.

Hubo un cierto descontento alrededor.

– ¿Se puede saber entonces –pregunto uno con la voz llena de dientes- por qué llama a Teresa desde aquí abajo?

-Si es por mí –respondí-, podemos gritar también otro nombre, o en otro lugar. Para lo que cuesta.

Los otros se mostraron molestos.

– ¿Por casualidad no habrá querido hacernos una broma? –preguntó suspicaz el de las pecas.

– ¿Y qué? –dije irritado, y miré a los otros buscando apoyo a mis buenas intenciones.

Todos guardaron silencio y se sintió en el ambiente un poco de malestar.

-Vamos –dijo uno, conciliador-. Podemos llamar a Teresa una vez más  se oyó el “uno, dos, tres ¡Teresa!”, pero esta vez no salió tan bien.

Después nos separamos, unos se fueron por un lado, otros por el otro.

Ya había doblado la esquina de la plaza, cuando me pareció escuchar una voz que gritaba:

– ¡Tee-reee-sa!

Algún obstinado seguía lamando a Teresa.

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The Man Who Shouted Teresa

I stepped off the pavement, walked backwards a few paces looking up, and, from the middle of the street, brought my hands to my mouth to make a megaphone, and shouted toward the top stories of the block: «Teresa!»
My shadow took fright at the moon and huddled at my feet.
Someone walked by. Again I shouted: «Teresa!» The man came up to me and said: «If you do not shout louder she will not hear you. Let’s both try. So: count to three, on three we shout together.» And he said: «One, two, three.» And we both yelled, «Tereeeesaaa!»
A small group of friends passing by on their way back from the theater or the café saw us calling out. They said: «Come on, we will give you a shout too.» And they joined us in the middle of the street and the first man said one to three and then everybody together shouted, «Te-reee-saaa!»
Somebody else came by and joined us; a quarter of an hour later there were a whole bunch of us, twenty almost. And every now and then somebody new came along.
Organizing ourselves to give a good shout, all at the same time, was not easy. There was always someone who began before three or who went on too long, but in the end we were managing something fairly efficient. We agreed that the «Te» should be shouted low and long, the «re» high and long, the «sa» low and short. It sounded fine. Just a squabble every now and then when someone was off.
We were beginning to get it right when somebody, who, if his voice was anything to go by, must have had a very freckled face, asked: «But are you sure she is home?»
«No,» I said.
«That is bad,» another said. «Forgotten your key, have you?»
«Actually,» I said, «I have my key.»
«So,» they asked, «why dont you go on up?»
«I don’t live here,» I answered. «I live on the other side of town.»
«Well, then, excuse my curiosity,» the one with the freckled voice asked, «but who lives here?»
«I really wouldn’t know,» I said.
People were a bit upset about this.
«So, could you please explain,» somebody with a very toothy voice asked, «why you are down here calling out Teresa.»
«As far as I am concerned,» I said, «we can call out another name, or try somewhere else if you like.»
The others were a bit annoyed.
«I hope you were not playing a trick on us,» the frekled one asked suspiciously.
«What,» I said, resentfully, and I turned to the others for confirmation of my good faith. The others said nothing.
There was a moment of embarrassment.
«Look,» someone said good-naturedly, «why don’t we call Teresa one more time, then we go home.»
So we did it one more time. «One two three Teresa!» but it did not come out very well. Then people headed off for home, some one way, some another.
I had already turned into the square when I thought I heard a voice still calling: «Tee-reee-sa!»
Someone must have stayed on to shout. Someone stubborn.

 

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